Surfista ucraniana ayuda a otros refugiados con clases de surf

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Kshisya Tachanskaya es una surfista ucraniana. Llegó a Portugal con su hija, Evdokia, de 7 años, y su hijo, Kornii, de 11. Como todas las familias con menos de tres hijos que huyen de Ucrania, su marido tuvo que quedarse en casa. “Todavía está allí, ayudando, haciendo lo que puede”, dijo en la entrevista publicada por magicseaweed.

“En cuanto cayó la primera bomba cerca de mi casa, agarré a mis hijos y nos refugiamos lo mejor que pudimos en casa”, dice Kshisya. “Las bombas seguían cayendo. Sin parar. Miré a mi esposo, ‘nos vamos esta noche’, dijo. Sin saber si lo conseguiríamos, todo fue… horrible. Al anochecer corrimos hasta el coche y subimos con solo una bolsa de ropa. Tomamos rumbo oeste desde Kiev y no nos detuvimos durante 25 horas seguidas.”

Kshisya con sus dos hijos en Portugal

Portugal era casi un segundo hogar para Kshisya, donde había pasado los últimos cinco veranos trabajando en un surf  camp junto con Vasiliy Kordysh, presidente de la Federación Ucraniana de Surf. “Esta vez, sin embargo, llegamos sin nada. Tan pronto como detuvimos el coche, les dije a mis hijos, salid, debéis saludar al océano.”

 “Y en ese momento pensé en organizar campamentos de surf para refugiados. Para que las madres y los niños vengan y puedan evadirse de lo que sucede en Ucrania. Para cualquiera que huya y que se sienta asustado, solo”.

De esa forma, después de un duro trabajo para conseguir financiación, nació el surf camp Good Days, en Baleal, Peniche, con 10 familias que se han visto obligadas a abandonar sus hogares debido a la invasión rusa de Ucrania.

“Al principio, los niños estaban nerviosos, con miedo. Solo les di una regla; deja tu teléfono en casa. Conéctate con el océano durante este campamento. Y… funcionó, durante ese corto período de tiempo, todo quedó atrás. Los niños, en cuanto entran el agua, se vuelven locos con el surf.

Mi plan era realizar campamentos de surf normales durante este verano, ya tenía reservas. Y entonces llegó la guerra. Lo perdí todo. Todos lo perdimos todo”.

“Salir del país fue muy estresante, mis padres todavía estaban en Ucrania, en una pequeña bolsa totalmente rodeada por los rusos. Mi marido se quedó allí. Me pregunto cuántas otras madres, hijas, familias estaban en la misma situación. Todos nosotros habíamos perdido nuestro futuro. Y pensaba, oh, Dios mío, ¿qué hago? Entonces se me ocurrió… ‘Conozco el remedio mágico: ¡ir a surfear!’ Para mí, es realmente importante las buenas sensaciones y la ayuda que proporciona, el simple hecho de entrar al agua”.

Y así arrancó el primer camp. “Para mí, todo esto era nuevo. Acabo de publicar un pequeño video del camp en mi cuenta de Instagram y se ha vuelto viral. Mucha gente me envía mensajes de apoyo. Empecé con 16 niños, íbamos a surfear todos los días, trabajábamos en psicología, arte. Los niños llegaron enfadados, luego surfearon y dijeron que fue el mejor momento de su vida. Funciona porque cambia su atención, aprendiendo a cuidar el océano, a limpiar la playa, muchas cosas buenas.”