Orio: Entre lo natural y lo artificial
 

Texto y fotos de Igor Bellido           

En las noticias de medio mundo no cesaba de repetirse una y otra vez los daños que las pruebas nucleares, en uno de los atolones de la Polinesia francesa, estaban causando en el ecosistema de la zona. Mientras, en un pequeño pueblo situado en el punto opuesto del planeta, un grupo de surfistas, que acababan de llegar a la playa, observaban con rostro insólito como Ibon Amatriain desaparecía durante varios segundos en la izquierda más perfecta que se había visto durante años en la playa de Orio. El espigón, que marcaría el fin de una época, estaba a mitad de construcción. Nadie podía llegar a comprender qué factores se habían dado para que el fondo de arena estuviera ofreciendo una ola de nivel mundial, muy semejante a la de Mundaka. Aquello nunca más volvió a suceder, aunque sigue muy presente en la memoria de unos pocos afortunados, que bautizaron aquellos días como Mururoa.

Estos hechos sucedieron hacia el año 1995, en aquella época la desembocadura del río Oria era un lugar temido por los pescadores durante los días de mar fuerte. Los insistentes intentos del ayuntamiento por amainar el efecto que el mar producía en la flota pesquera habían sido un fracaso hasta la fecha. Primero se construyó un espigón perpendicular a la playa para dar acceso a mar más profunda a los barcos, pero no funcionó. Luego decidieron continuar con tres espigones paralelos en la zona de la ría, para retener el mar en la zona principal de la desembocadura, tampoco funcionó. Probaron alargando el primer espigón unos cuantos metros y resultó más de lo mismo. El fracaso continuó por apalear uno de los graves problemas del pueblo, llevaron al ayuntamiento a aprobar un plan mucho más grande, lo que venía a ser una muralla de desproporcionadas dimensiones con la que bloquearían la entrada de la mar gruesa en la ría por completo. El proyecto se llevó a cabo, y la flota pesquera ahora puede salir a faenar con total tranquilidad. El punto negativo de todo esto se lo acabó llevando la comunidad surfera, la izquierda perfecta que se producía cerca del primer espigón acabó desapareciendo junto con otra derecha que rompía dentro de la ría. Los fondos de arena se estancaron y la ola empezó a cerrar con mayor frecuencia. A día de hoy, parte de la arena que había alrededor de la playa ha ido desapareciendo. El lodo del río avanza progresivamente hacia la playa y eso hace que el arenero que existe en la ría se vea obligado a extraer la arena en puntos más próximos a la playa. Los barcos pesqueros han descendido en número desde la construcción del espigón y ahora la mayor actividad naval es la del puerto deportivo. Ya no solo los surfistas son los únicos en darse cuenta de que lo natural del entorno está dejando de existir, ahora también la gente del pueblo observa cómo la calidad de la arena y el tamaño de la misma va aminorando y todos se cuestionan con más frecuencia si la construcción del espigón fue un error.

Las diferentes generaciones de surfistas del entorno de Orio ofrecen sus diferentes puntos de vista sobre la que probablemente fue una de las mejores rompientes de Europa. 

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