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Cuando se habla de la primera generación de
surfistas catalanes – esos que llegaron a mediados – finales de los 80
provenientes de otros deportes más o menos afines, hay que destacar el
nombre de Lea Sitjà. Quizá no era el mejor surfista –aunque sí uno de
los mejores- pero sus viajes gracias a su otra carrera paralela le
hacían progresar en olas grandes y huecas, días en los que Lea se
convertía en un referente. Después de muchos años sin saber de él me lo
encontré en Facebook, y decidí hacerle unas preguntas con las que
inauguramos esta sección, pues tengo la sensación que mucha gente
ignora el calibre –como persona, como deportista y como surfista- de
uno de los surfistas catalanes más interesantes. “Leandre Sitjà
(Lea) 40 veranos, nacido en Badalona e instalado en Sydney. De
profesión ingeniero, arquitecto naval, entrenador de vela y hasta
friegaplatos si hace falta. He residido en la Ampolla, Lanzarote,
Valencia, París e Italia (Toscana). Excepto París todos son lugares con
olas y viento. Siempre un añito en cada lugar, que parecía ser el
límite de lo que yo podía aguantar sin moverme de sitio… pero ahora en
Sydney ya llevo 4 años y esta vez creo que me quedo, ya no quiero
explorar más... Empecé a surfear en Badalona. Vivía a 3 esquinas
del mar y mi segunda casa era el Club Natació Badalona donde yo
entrenaba natación y otros hacían vela. El Club estaba en la misma
playa y allí pasábamos todo el tiempo libre. Cuando había temporales
con olas gordas, los nadadores en grupo nos metíamos en el agua a
surfearlas con el cuerpo, ni tabla ni nada.
BALEARES Desde hace un par de días…
Por Daniel Pascual Wuillemin
Desde
hace ya un par de días, los partes dejaban entrever que se acercaba lo
que podría ser un buen mar de componente Norte, es decir los más
esperados por los surfistas de la isla. Una vez confirmados los partes
quedamos los de siempre la noche antes, para tomarnos unas cañas y
decidir cómo y dónde ir el día siguiente.
Decidimos jugárnosla a
una carta y visitar una de las olas más conocidas y concurridas de la
isla, a sabiendas de que si no madrugábamos sería una locura. Pero aun
así la calidad de esa ola merece la pena. Así que decidido: madrugón al
día siguiente para intentar ser los primeros en el agua.
Por la
mañana nos juntamos y fuimos en mi furgo; a las 6:30 ya estábamos en
nuestro destino y aparcamos en el primer parking que hay “cerca” de la
ola. Desde hace un tiempo han prohibido que los coches se adentren
hasta las dunas y los vecinos de la zona -cansados de ver coches y más
coches llenos de “melenudos con tablas” pasando frente a sus casas a
tan solo 15 metros del mar-, no tienen nada mejor que hacer que llamar
a la Guardia Civil para que multen a todo aquél que ose entrar con el
coche.
MÁLAGA
Instinto de supervivencia
El surf malagueño vive el mejor momento de su historia con un auténtico 'boom' en toda la provincia.
La
aparición a principios de los 90 de un reportaje sobre Málaga en esta
revista descubrió al resto de España que en la Costa del Sol se
surfeaba mucho y, además, bien. Aquellas fotografías de olas limpias y
bien formadas se encargaron de desterrar la imagen de un lugar siempre
asociado a la falta de olas y en el que el surf era una cuestión de
unos pocos. Gente como Manolillo, Paco el Moro, Javier Gabernet o
Carlos Neville comenzaron su particular aventura a mediados de los 70
con incluso algunas expediciones al norte de España. Ya visitaban por
aquella época la costa gaditana en la que era casi imposible
encontrarse a un surfer en el agua. Las playas estaban desiertas. Los
protagonistas de aquel reportaje (Joose, Javi Polop, Dani Reyes y
compañía) siguen hoy apareciendo por los diferentes picos de la
provincia y traen de camino a una nueva generación de surferos. A pesar
del bajón sufrido a finales de la década de los noventa, el surfing
malagueño atraviesa ahora por su mejor momento después de que este
deporte haya experimentado un auténtico 'boom' en toda la costa
malagueña.
Desde Manilva hasta Maro -161 kilómetros- la
comunidad surfera se ha multiplicado de manera espectacular a la par
que lo ha hecho el nivel dentro del agua.
MURCIA
Una ola
Voy
a hablar de una Ola. Recuerdo cómo, hace unos años, una persona ajena
al mundo del surf me comentaba que le parecía curioso que dijera “esa
ola”, “una ola”, “la ola”, como si fuera una sóla… -“pero… ¿no son
muchas las olas?”- me decía. Intentándole explicar, acabé contándole
estas letras que escribo ahora, sobre un día junto a una Ola muy
especial para mí, y para los amigos que la compartimos cuando viene a
visitarnos…
Son las 6:30, y abro los ojos antes de que suene el
despertador, antes de que comience a colorearse el mundo con el sol que
se avecina. Subo las persianas, abro la ventana, y escucho y huelo el
mar. El mar Mediterráneo. Este mar huele distinto al Atlántico, huele a
Posidonia. Y suena distinto, como me dijo una vez una amiga del Norte,
sorprendida por el constante bramido nocturno de estas costas… Aún a
oscuras, puedo distinguir las ondulaciones avanzando en blanco y negro,
y pienso en aquella Ola que me espera. Hoy va a ser un buen día.
VALENCIA
La ruta del bacalao
Meto
el material en el coche y salgo a las calles de mi ciudad. Recorro las
grandes avenidas con cuatro coches… y tres de ellos con gente que
vuelve de fiesta. Les sonrío y a su vez sonrío para adentro pensando en
las olas que voy a pillar.
En la playa ya está Paul (uno de los
pioneros del surf en Valencia), me bajo y me sonríe: hay mar pero no lo
que habíamos pensado. Entra un metrito (medida mediterránea) con viento
del Norte pero con predicciones a que gire y se meta del Sur. Hablamos
y decidimos tirar hacia el Sur. Cargamos todas las tablas en un solo
coche (ahorro energético). Los Red Hot suenan en el coche y nosotros
sonrientes seguimos viendo algún coche que otro antes de salir de la
ciudad. Cogemos la autovía y nos dirigimos al segundo punto de mira.
Llegamos y ya vemos sobre el puente alguna espuma que otra… pero el mar
muy movido. Aparcamos el coche, salimos corriendo y nos subimos al
punto mas alto. Desde allí observamos varios picos que tienen buena
pinta pero el puerto que no es lo suficientemente grande como para
tapar todo el temporal de Norte que azota nuestras costas. Paran dos
coches más: Gaby, Josete y Jess. Hablamos un poco y observamos que hay
alguien en el agua tragando espumones; es Alex. Volvemos a mirar y el
cielo no es muy halagüeño. Empiezan a caer las primeras gotas, Alex
sigue sin coger ninguna ola decente y decidimos seguir la marcha hacia
el Sur.
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